En opinión de Gerardo Galarza
Y en el papel de María Félix… ¡José Agustín!

Irreverentes reíamos a carcajadas y decíamos: “no mames, Vicente”. Y Leñero lo repetía muy serio: Gustavo y Agustín escribían y La Doña cobraba.

POR GERARDO GALARZA/Libres en el Sur

José Agustín, recientemente muerto, tuvo fama de ser un tipo muy buena onda, más a allá de ser el mayor exponente de una corriente literaria, surgida en México en la primera mitad de los años 60, llamada despectivamente La Onda, por Margo Glantz, pero que se volvió emblemática para todo un movimiento en la cultura y las artes mexicanas y no sólo la literatura.

 En las semanas recientes, principalmente a partir del 17 de enero cuando murió, las páginas de periódicos y revistas y pantallas de espacios digitales se desbordaron con información y comentarios sobre el escritor de origen guerrerense residente en Cuautla, Morelos.

Merecido se lo tiene.

A este escribidor no se le va a ocurrir decir, como muchos lo han dicho ahora, haber sido amigo de José Agustín,  aunque haya leído muchas de sus novelas y relatos y de haber conocido su buena “ondez” en las tres o cuatro veces que estuvo –es un decir- con él.

Personalmente lo conoció, en la segunda mitad de los años sesenta, en la antigua Facultad de Ciencias Política y Sociales (en el edificio conocido como “la escuelita”) de la UNAM cuando su profesor Gustavo Sainz, autor de Gazapo, otra novela precursora de La Onda, él sí amigo de José Agustín, lo llevó a una de sus clases de literatura que impartía en la entonces carrera de Periodismo y Comunicación Colectiva.

Al final de aquella tumultosa clase -así la recuerda- el escribidor y otros compañeros –entre ellos el poeta Arturo Trejo Fuentes (qepd), el escritor Emiliano Pérez Cruz y, si la memoria no falla, la poeta Lucía Rivadeneyra, y quizás tambien la escritora Josefina Estrada, entre otros- para cruzar unas palabras más o pedirle un autógrafo.

Otra vez fue en las oficinas de la revista Proceso, un viernes por la noche a la hora del cierre cuando ahí llegó y con amable desfachatez saludó a todos para después encerrarse en una oficina a platicar en privado con el subdirector Vicente Leñero, escritor también y quien había sido su director en la revista Claudia, los años sesenta del siglo pasado, antes que Leñero fuera designado director de Revista de Revistas, publicación del periódico Excélsior.

 Los cierres de la edición semanal de Proceso siempre fueron una delicia, -más allá de la jugada del dominó, en donde café y cigarros al por mayor (todos fumábamos sin descanso,  sin reticencia ni prevención algunas)- porque en los “tiempos muertos” del cierre (el dominó siempre ocurrió en los “tiempos vivos”) se conocían hechos, anécdotas y especulaciones sobre diversos personajes que en el momento se ponían de moda y también por las inusitadas visitas nocturnas, casi siempre en busca de nuestro subdirector. Un privilegio, pues.

 Por supuesto que las mejores historias eran las que contaba Leñero.

Una de ellas fue la de su relación con Gustavo Sainz y José Agustín en aquella revista femenina, que era la competencia mexicana de Vanidades y Cosmopolitan, entre otras.

Muy serio, contó, mientras unos pelafustanes nos moríamos de risa, cómo Agustín y Sainz eran en realidad María Félix, La Doña, quien firmaba una columna en aquella publicación. Sí, la mayor diva del cualquier época del cine nacional.

Irreverentes reíamos a carcajadas y decíamos: “no mames, Vicente”. Y Leñero lo repetía muy serio: Gustavo y Agustín escribían y La Doña cobraba.

Claudia tenía un sección de consejos de María Félix para sus lectoras: belleza, cocina, moda, dietas, salud, problemas conyugales y familiares, lo que las lectoras le preguntaran.

 Bien, el tinglado estaba armado así: Sainz redactaba la pregunta sobre el tema correspondiente… y Agustín la respondía firmando en nombre de María Félix o al revés.

Nos carcajeábamos tanto que se podía creer que poníamos en duda las palabras de Vicente, quien sólo decía, “pues, así era lo crean o no lo crean, ¿qué, esperaban que María Félix escribiera?” Además, él había sido su director…

Como postre, cereza del pastel o final feliz o inesperado de esa historia, Leñero nos reveló que era el propio José Agustín quien redactaba los horóscopos de la misma revista.

 Hoy ya se sabe, por la necrología, que el escritor guerrerense fue fanático de la astrología. No fue un improvisado.

Otro de los pocos encuentros con José Agustín ocurrió en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, en 1986 o 1987. Mi (adjetivo posesivo, sí, machista) Sonia Morales “cubría” esa feria y, bueno, eran dos semanas de su ausencia.

Así que el sábado correspondiente tomé el primer vuelo a Guadalajara, apenas salí de la Redacción de Fresas # 13, luego del “cierre”.

Llegué antes del desayuno; lo hicimos y luego nos fuimos a recorrer pasillos y estantes, para calcular qué y cuántos libros podíamos comprar.

La noche del dominó no había sido muy generosa en ganancias, pero tampoco había habido pérdidas.

A eso del mediodía, Sonia y yo estábamos frente a la caja del local de la editorial Anagrama, pagando La canción del verdugo de Norman Mailer o A sanfre fría de Truman Capote.

En eso apareció Leñero y dijo:

 “A ver, qué compraron. No está mal, pero van a conocer al mejor escritor del mundo”. Habló con el empleado de Anagrama, quien regresó con dos libros de Raymond Carver.

 Leñero exigió los otros dos. No los tenían. Pagó los que le habían entregado, nos lo regaló y nos convocó a seguir visitando la feria con él.

Luego supimos que iba a comer con Brianda Domecq (novelista hispano-mexicana, nacida en Nueva York, y de la familia que usted imagina, famosa por su libro en el que narró su secuestro) y su marido; Vicente nos invitó.

Rumbo al restaurante de la propia feria, de repente apareció José Agustín y se subió al carrusel.

Comimos juntos los seis. A la hora del café, Vicente me preguntó: ¿Traes cigarros? Respondí: “Vicente, tú ya no fumas”. Eso no fue lo que te pregunté, me dijo.

Entonces, José Agustín se llevó la mano derecha al bolsillo de la camisa. Sacó la cajetilla azul de sus Alas, sin filtro, y le ofreció a su antiguo jefe.

 Leñero los rechazó con un “son cigarros de presos” y deben de ser de madera o tienen sabor a mota, “por eso los fumas”.

Finalmente, Vicente consiguió un Marlboro.

Horas después, y también muchos años después, entendí el porqué José Agustín no dudó ni un segundo en ofrecer un Alas a su jefe de juventud y amigo de toda la vida:

Leñero y Sainz llevaron el manustrito de De perfil, la segunda novela de José Agustín, al editor Joaquín Díaz Canedo y lograron que la leyera, se interesada y finalmente la publicara, en 1966, en la Serie El Volador, la más célebre de la Editorial Joaquín Mortiz y quizás de la industria editorial mexicana.

De este hecho, un texto de Leñero -se puede conseguir en Facebook, donde se reprodujo en estos días de muerte de Agustín- da cuenta que él y Sainz llevaron a José Agustín con Díaz Canedo  para que de supiera directamente de él que le iba a publicar su novela.

Ese texto se llama “¿Porqué  brinca José Agustín?” (pregunta de Díaz Canedo): Un testiminio y homenaje a la amistad con un loco genial, un muchacho desmadroso que abrió las puertas de la literatura a varias generaciones de jóvenes lectores mexicanos, que daba brinquitos  siempre que estaba feliz.

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